Alerta estoy de ser
sonrisa.
AnaMendoza

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miércoles, enero 25, 2017

Haz que no muera sin volver a verte



La poeta argentina era muy escrupulosa con sus papeles y ese espíritu queda reflejado, a la perfección, en las notas a pie de página que acompañan a estos "Poemas no recogidos en libros". Como "En la noche", que procede de una libreta y cabe datar entre 1969 y 1970, o "Casa de la mente", que fue encontrado en una hoja suelta de cuaderno manuscrita a lápiz, además de los muchos versos que, en su día, fueron recogidos en publicaciones como "La Nación", «La estafeta literaria» o los "Papeles de Son Armadans", de Camilo José Cela. "Esta edición viene a subsanar varias erratas de la edición primigenia de Lumen", confiesa Becciú en conversación vía e-mail con ABC. La antóloga hace referencia al volumen publicado en 2001, que precedió a la aparición de los "Diarios" (2013) y la "Prosa completa" (2016) de Alejandra Pizarnik. "El proceso fue largo. Trabajamos, en el caso del material inédito, con los manuscritos originales, lo cual implicó cotejar versiones", asegura.

Muerte prematura

Toda la poesía de Pizarnik gira alrededor de dos polos magnéticos: su infancia en Buenos Aires, la ciudad que la vio nacer y que escogió para morir, y su fascinación por la muerte, finalmente también elegida. Sin embargo, Becciú considera "curioso que se siga insistiendo en la poesía de Pizarnik como una especie de autobiografía o del relato de una mártir, una dolorosa, como la de las estampitas que los curas entregaban después de misa". De hecho, "cuando se trata de poetas hombres, los medios se ocupan menos de sus problemáticas personales; no hurgan en sus versos para explicar que escribía así porque era alcohólico, mujeriego, depresivo o fumador. No, no, el poeta hombre es ante todo un gran poeta. Y Alejandra Pizarnik fue una gran poeta, quien, por otra parte, en el trato personal se mataba de risa". Por ello, "su muerte prematura, voluntaria o casual, no debe tomarse como ángulo de visión a la hora de encarar su proceso de escritura".

Anna Becciú: "Escribir poesía, ella lo supo bien, es una actividad peligrosa, uno se arriesga, arriesga su vida haciendo un poema".

Pero, más allá de conjeturas, poéticas y no tanto, ¿qué buscaba Alejandra Pizarnik con esos versos? La respuesta está, quizás, en lo que ella misma contestó a una pregunta similar en 1964: «Una escritura densa hasta lo intolerable, hasta la asfixia, pero hecha nada más que de vínculos sutiles que permiten la coexistencia inocente, sobre un mismo plano, del sujeto y el objeto, así como la supresión de las fronteras habituales que separan a yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos». No obstante, como advierte Becciú, «cada uno de sus poemas es una verdad» y sin ella «no podríamos vivir». «Escribió sin descanso desde los quince años por “fervor, fidelidad, devoción, seguridad de que allí está la vía de salvación”. De qué había que salvarse, no lo sabía, y acaso por eso escribía. Escribir poesía, ella lo supo muy bien, es una actividad peligrosa, uno se arriesga, arriesga su vida haciendo un poema», remata Becciú.

Su archivo

Afortunadamente, el archivo de Alejandra Pizarnik, compuesto por diarios, manuscritos, correspondencia, pinturas y otros papeles, es uno de los más consultados por investigadores y académicos de todo el mundo. Según relata a este diario Don C. Skemer, responsable de manuscritos de la Biblioteca de la Universidad de Princeton, fue Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, gran amigo de la poeta (Alejandra decía que la Maga de "Rayuela" era ella), quien le entregó, personalmente, los papeles que conservaba en su apartamento de París y le puso en contacto con la familia de Pizarnik hace más de quince años.

            
            

…Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan

“Yo no sé de pájaros
no conozco la historia del fuego
pero creo que mi soledad debería tener alas"





Flora Alejandra Pizarnik  1936 -1972)

Hablando de Alejandra Pizarnik, el diálogo entre creación y destrucción, coherencia y diversidad contradictoria, se resuelve en una biografía llena de serios equívocos. Consta en el registro que su natalicio fue el 29 de abril de 1936. Su raigambre es ruso-judía, y ésa es la identidad que defienden sus padres, llegados a la Argentina tras haber permanecido algún tiempo en París, donde vive un hermano del cabeza de familia, Elías Pozharnik. Ya habrá notado el lector una variante en la ortografía del apellido, un hecho atribuible, según la versión de César Aira, a «uno de los muy corrientes errores de registro de los funcionarios de inmigración. Tenía veintisiete años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa» (Alejandra Pizarnik, Barcelona, Ediciones Omega, col. Vidas literarias, 2001, p. 9). Con los Pizarnik instalados en la capital argentina, el árbol genealógico acoge a dos niñas: Myriam y Flora, más tarde llamada Alejandra. El clan ocupa una espaciosa vivienda en Avellaneda, mantenida gracias al negocio de venta de joyería al que se dedica Elías. El destierro, por doloroso que parezca, es en este caso providencial, pues el resto de los Pozharnik y Bromiker, «con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el Holocausto, lo que para la niña debió de significar un contacto temprano con los efectos de la muerte»  (César Aira, op. cit., p. 10).

La experiencia infantil de Alejandra es bastante liberal, de acuerdo con el criterio de su progenitor. En 1954 concluye los estudios secundarios y comienza un periodo de titubeo académico. A medio camino entre las aulas de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y las de la Escuela de Periodismo, la joven procura descubrir una vocación literaria que le anima a seguir el catedrático de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía. Ya por estas fechas, «la fascinación de la infancia perdida —escribe Enrique Molina— se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo» («La hija del insomnio», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 5). 

Ahora sabemos qué la condujo al taller del pintor surrealista Batlle Planas. Por algo recuerda Aira que los cuadros de Batlle reproducen escenas espectrales, «con algo de Tanguy y algo de Arp o Miró. El interés de la poeta en este tipo de pintura deriva evidentemente de su figuración metafórica; sólo admitió una desviación hacia la pintura llamada naïf, que fue una escuela floreciente en la Argentina en ese entonces» (César Aira, op. cit., p. 11). Con todo, más allá de estas sutilezas, Alejandra juega a convertirse en reportera, y llega a asistir al Festival de Cine de Mar del Plata de 1955. Pero la experiencia periodística queda apartada en beneficio de otras inquietudes.

Como expresión de esa fragilidad a la que haremos alusión en más de un párrafo, el asma y la tartamudez son irrefutables. En vista de semejante aprisionamiento somático, don Elías cuida a su hija: costea su primer libro, La última inocencia (1956), e incluso llega a abonar los honorarios del psicoanalista que intentará poner en orden el desván sentimental de Alejandra. De hecho, ni la pintura ni la poesía bastan como terapia, y ella experimenta el breve y peligroso fenómeno psicodélico de las anfetaminas. También cura el dolor con analgésicos y frecuenta los somníferos para escapar de la vigilia nocturna.

Con todos los rasgos de la bohemia juvenil podría hacerse una suerte de patrón de conducta, relativamente fiel a la personalidad de Pizarnik, salvo en un detalle nada desdeñable, y es que ella «tuvo una invencible aversión a la política, que justificaba con el hecho de que su familia en Europa hubiera sido sucesivamente aniquilada por el fascismo y el estalinismo. (…) Para ella, la literatura tenía un único compromiso con la calidad» (César Aira, op. cit., p. 17). Así, pues, la vida literaria es una empresa que ella acomete con máximo interés. Entre los primeros tejados bajo los que se guarece, figura la revista Poesía Buenos Aires (1950-1960), foco del grupo de los llamados invencionistas, paralelo a otro, el surrealista, cuyas inquietudes también son las propias de la joven poetisa. Curiosamente, la autora de Las aventuras perdidas (1958) frecuenta la consulta del psicoanálisis aun cuando André Breton recuerda «a los jóvenes y a las almas novelescas que, porque este invierno está de moda el psicoanálisis, necesitan figurarse como una de las más prósperas agencias del charlatanismo moderno, la consulta del doctor Freud, con aparatos para transformar los conejos en sombreros» («Entrevista con el profesor Freud», Los pasos perdidos, traducción de Miguel Veyrat, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 89). ¿Contradicción? Más bien al contrario: coincidencia de freudianos y surrealistas en el vórtice del subconsciente.

No obstante, precisemos. Dentro del panorama surrealista, hay dos poetas que coinciden con Alejandra: Enrique Molina y Olga Orozco. Con esta última, por cierto, «tendría una relación que excedió la literatura» (César Aira, op. cit., pp.21-22). Casi en paralelo, la joven accede en 1955 a las creaciones de Antonio Porchia, un poeta «fundamental en la creación del estilo y el procedimiento de Pizarnik. No fue la única que sacó enseñanzas de su obra: el otro fue Roberto Juarroz, y es instructivo hacer un paralelo entre ambos discípulos» (Ídem, p. 25). Al reseñar la correspondencia que mantuvo nuestra poeta con el escritor y pintor manchego Antonio Beneyto (Dos letras, edición de Carlota Caulfield, Barcelona, March Editor, 2003), Blas Matamoro intuye que, para ella, «los poemas son aproximaciones a la Poesía. No son obras ni textos, sino intentos, borradores, ensayos». Con todo, a través de ese tanteo cabe establecer un inventario de cualidades personales: «ser hija y habitante de la noche, esa madre antigua y regia; buscar con afán la recuperación de los olvidos infantiles; cultivar sin confusión el laberinto de una compleja identidad, centrada en deseos nítidos; existir en una soledad sin fondo y sin horror; practicar una estética de la locura (Artaud, Lautréamont) como defensa contra la locura» («Alejandra de cerca», Blanco y Negro Cultural, suplemento del diario ABC, 12 de julio de 2003, p. 21).

La poesía es el lugar donde todo sucede


“A veces también se me acaban las sonrisas para ti, a veces también se me acaban las ganas de escribirte. Pero te quiero, ojalá lo entiendas, siempre te quiero, pero a veces mis abrazos no tienen calor y mi boca no sabe que decir… Pero te quiero, siempre te quiero, cuando no te convengo, cuando no me soportas, cuando te odio, te quiero.”

Alejandra Pizarnik

Caminos del espejo


Sería inútil afirmar la realidad de los espejos, así como es vano pensar que sos real sólo porque esas ventanas a la nada devuelven tu reflejo. Pero hay un lenguaje, quizá secreto, un idioma hecho de ausencias. Tu desprecio se ve mejor en las sombras, y tus te amo se convierten en la intriga dudosa, (en una penosa sospecha) de que tu amor existe sólo en las letras. 

El amor nunca muere, y si muere, no merece que ser recordado. Decir yo amé, es decir que nunca has amado. 

Si en tus sueños sólo soy un fantasma, no evoques mi sombra ni conjures mis caricias. Jamás pienses en mis te amo pues no son para vos, sino para quien eras. No te engañes, un espejo en la oscuridad refleja la penumbra, y aunque no conozcas el idioma, existe un lenguaje secreto, atravesado por un sólo camino, y todos los espejos



miércoles, enero 18, 2017

2014 Rojos y mágicos

…Ana y sus zapatos



10 años de Taras
Estamos de Aniversario
Enero 2017

Calzas para un orden

¿Qué delirante poema renace sobre tus mejillas?
No quiero ser aguafiestas, nunca.
El agua me traspasa, la juventud me reclama y yo no soy leña
apilada en la penumbra del helero,
asomo gris en las tinieblas.
Es sólo que la irrealidad se impone a veces.
Un zapato rojo se extravía sobre los adoquines,
dos zapatos rojos sobran
sin pies que los calcen.
Proust aprieta pero no ahoga,
la memoria desescombra
las sancionados abismos excavados a pico y pala:
los señoríos, las señorías.
Los antifaces.
El anti-faz,
el negativo de los rostros desojados.
Los timbales sobre los que tamborilea
el brillo de nuestra mirada y tú
y yo convencidos preguntamos
a lomos de la enjaezada estirpe,
a horcajadas sobre la sima:
Mundos virtuales. Siempre hipócritas calmas.
Pereza.
...Y los zapatos rojos.

No quiero ser aguafiestas, nunca
pero aquí no se establece nada.
Si lo deseamos, se aposenta y hasta se habita,
pero no sin tierra, no sin agua.
Ni sin adoquines o los zapatos rojos.

¿Qué hacen los que no saben cantar?
¿Sólo digerir o gritar sobre la faz del interpuesto?,
¿pelotear sobre sus propios pulmones
para que no los asfixie la roca desorbitada
por las regurgitaciones de los morosos,
de los olvidos del tú,
de los recurrentes sobre el acaso que arrastra
la inmundicia de la incomprensión
hasta al corazón más rojo?

Zapatos rojos.

¿Cómo olvidar a los que no cantaron?
¿Cómo no intentar habitar en sus bocas
como altavoz o mascarón de proa
delante del mudo
que les enclaustró la cólera?
Abastecer hasta en los muertos,
colmar el hueco sellado hasta moldear
la alada suerte, la blanca alzada
desde su yo hasta el más nosotros.
Hacer pervivir lo que no obtuvo recuerdo,
ultrasonar un cántico,
reivindicar los sordos bramidos
de los que se fueron sin apenas dormida,
sin gloriosa voz, sólo porque el orbe los confió a las afueras.
Fuera de sitio,
fuera de tierra,
fuera de todo.
Como a mis zapatos rojos.

(De "El deshielo", 2009)

Sofia Sierra Giraldez


http://www.sofiaserra.com/2016/06/los-zapatos-rojos.html 

2015















Y la estatua me besa pero nadie nos ve


Salvo un niño ciego que nos señala con el dedo.

Jacques Prévert



10 años de Taras
Estamos de Aniversario

Enero 2017

2016

Mi amor es el arte
Lo demás es una
Frontera
Anita Mendoza
Taritas en su XX Aniversario